La muerte sigue siendo un tema incómodo en muchas familias, especialmente cuando hay niños. Se evita, se suaviza o se esconde bajo frases que buscan proteger, pero que muchas veces generan más confusión que consuelo.
La pérdida de un abuelo suele ser una de las primeras experiencias de duelo en la infancia. En ese momento, el niño no solo enfrenta la ausencia, sino también la forma en que los adultos deciden abordar -o evitar- ese dolor.
Decir la verdad, con palabras simples y contención emocional, no daña: orienta. En cambio, los discursos ambiguos, como hablar de “viajes” o “sueños largos”, pueden dificultar la comprensión de un hecho que, aunque doloroso, es parte de la vida.
El duelo infantil no siempre se manifiesta con llanto. A veces aparece como irritabilidad, silencios, miedo o cambios en la conducta. Por eso, más que buscar respuestas perfectas, los adultos deben estar disponibles, observar y acompañar.
Hablar de quien murió, recordarlo, incluso emocionarse, no es un error: es una forma de elaborar la pérdida. Nombrar la muerte, sin dramatizarla ni ocultarla, es también una forma de enseñar a vivir.
Porque aprender a despedirse también es parte de crecer.
Miriam Pardo
Académica Psicología, U. Andrés Bello, sede Viña del Mar
